Sin democracia plena y un diálogo directo y permanente entre la ciudadanía y los elegidos por ella como sus representantes políticos, nunca alcanzaremos una sociedad construida sobre el lecho de un humanismo tecnológico sostenible, lo que va mucho más allá de un mero humanismo digital. Entendamos por humanismo tecnológico sostenible el que sea capaz de evitar la llegada de la transcendencia.
La realidad hoy es alto compleja ya que conviven seis generaciones diferentes como interfaz humano con la tecnología: generación T, la de aquellos que hoy tienen menos de diez años de edad, Centennial, entre 10 y 25 años, Millennial, hasta los 35 años, generación X, hasta los 50 años, FaB, hasta los 70 años y del Silencio Digital, a partir de esa edad. Evidentemente, estos targets cronológicos son aproximados y fruto de un consenso susceptible de alteración.
La política y sus actores son el reflejo de la insoportable levedad de la actual sociedad occidental, no al revés. Tarde o temprano, la obsolescencia acaba llegando a todas las actividades humanas; el modelo de organización de una sociedad, no iba a quedar exento de un desgaste y un desfase en su modo de hacer en el contexto de la realidad socioeconómica de su entorno.
A pesar del evidente deterioro generalizado de la clase política en la inmensa mayoría de los países occidentales, la política sigue siendo una actividad imprescindible para organizar la sociedad ya que sin ella volveríamos a la selva. El desideratum neoliberal de su desaparición se muestra totalmente inconsistente cuando llegan momentos clave para el presente y el futuro de nuestra civilización, tales como el de la pandemia que hoy padecemos. Los libertarios barrocos, como los califica Franco Berardi, son los primeros en acudir a las instituciones públicas en busca de amparo económico. Si no fuera por la política, el ocaso de la humanidad podría estar a la vuelta de la esquina, sea por las pandemias, o por el cambio climático en ciernes o por una transhumanización fruto de la singularidad.
El mensaje que los dirigentes de dichos países están transmitiendo hoy a sus ciudadanos está viciado desde su base, ya que no asumen que el sistema democrático esté haciendo aguas ante la profunda y dilatada crisis sanitaria, mientras que con un similar modelo económico de perfil capitalista, o de la maximización del crecimiento, otros regímenes no democráticos, o con democracias precarias, están siendo mucho más eficaces, al menos hasta ahora, en la lucha contra la pandemia.
El economicismo que hoy todo lo mueve y todo lo puede, es el máximo responsable de que ante la crónica anunciada por los científicos de la llegada de una pandemia, no sólo no nos preparáramos para afrontarla con las debidas infraestructuras y materiales básicos, sino que hasta las propias medidas a adoptar no han evolucionsdo a lo largo de un siglo y, mientras tanto, presumimos de ser la sociedad más avanzada científicamente de la historia.
Las tentaciones totalitarias, aprovechando la crisis política consecuencia de la sanitaria, están presentes en la mayoría de las democracias occidentales, sin distinción por el perfil ideológico de los partidos en el poder durante la actual coyuntura. No obstante, la partida no ha hecho más que empezar. Uno de los principales jugadores, EE.UU., podría recomponer la situación tras el resultado de las elecciones presidenciales en dicho país, volviéndose a convertir en el adalid de un multilateralismo que diera lugar a una negociación menos tensionada y más equilibrada con el creciente imperio chimo.
Suponiendo que las vacunas anunciadas sean eficaces y seguras, aunque comenzaran a aplicarse de manera inmediata, por razones de diversa índole, la inmunización colectiva a escala mundial no se alcanzaría hasta transcurrido un mínimo de dos años. En este periodo tan amplio, el sistema democrático va a afrontar su ser o no ser de cara al futuro. Tal como estamos viviendo la pandemia hasta ahora, nadie debería hacerse trampas al solitario creyendo que nuestra democracia está siendo eficaz ante una situación de grave crisis sanitaria y económica a escala planetaria. Es más, el hecho de que casi la mitad de la población de los países occidentales cuestionen la vacunación universal, va a someter a las democracias a una nueva prueba de estrés que va a ser más duradera en el tiempo que la padecida como consecuencia de las erráticas decisiones adoptadas hasta ahora para restringir las libertades mediante confinamientos territoriales y domiciliarios, y los cierres de todas las actividades económicas no consideradas como indispensables.
Mientras la vacunación no cubra al menos entre el 60 y el 70% de la población mundial que permitiera alcanzar la inmunidad colectiva, la amenaza de las restricciones estará siempre presente y esto podría provocar un calentamiento social que beneficiaría a los partidarios de los regímenes iliberales de uno u otro signo. O se refuerza la democracia actualizándola a la realidad socioeconómica del siglo, o su futuro es más que cuestionable. Negar esta hipótesis no haría más que facilitar la hoja de ruta en la que la libertad individual se vería francamente mermada, y la almoneda de los valores propios de toda democracia no demediada como la justicia, la equidad y la solidaridad, darían paso a nuevas alianzas fatídicas entre los partidarios de una gobernanza autocrática y el gran poder tecnológico que darían lugar a una nueva configuración de la sociedad con un elevado peso ponderado de los ciberesclavos.
Al igual que un gran número de científicos de todo el planeta se ha puesto a investigar y trabajar a la vez para paliar y solucionar la grave crisis sanitaria a la que nos hemos visto abocados por la pandemia provocada por un coronavirus, es urgente que intelectuales y pensadores de todo el mundo pongan en marcha un movimiento de Ilustración que nos permita alumbrar un nuevo Siglo de las Luces y la Tecnología. El encuentro entre la cultura y la ciencia debería ser el germen para la generación de un nuevo paradigma de sociedad basado en un humanismo tecnológico sostenible que haga que el control de la gobernanza mundial no quede en manos de un pacto entre el capitalismo de vigilancia y unas superestructuras institucionales populistas de perfil libertario.
El proyecto yKratos, al crear la herramienta idónea para el diálogo directo y permanente entre los ciudadanos y los responsables políticos elegidos por ellos, en las urnas o indirectamente, va a tener un efecto tractor de inestimable valor de cara a la implementación práctica de esa nueva gobernanza fundamentada en un nuevo ecosistema de humanismo tecnológico sostenible,. Ese diálogo debe abordar los grandes retos a los que ha de enfrentarse nuestra sociedad tras la pandemia que, muy probablemente, serán diferentes a los de hace tan sólo diez meses.
Diciembre 2020
EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos
