Lecciones de la pandemia

Por una sociedad decente y solidaria

Una gobernanza mundial con nuevas, o reseteadas, instituciones transnacionales debería ser la gran decisión a adoptar en alguna de las próximas Asambleas Generales de la ONU. Tanto este organismo, como la mayoría de sus instituciones, han quedado en buena medida obsoletos porque el mundo ha cambiado mucho desde la creación de las mismas y va a seguir haciéndolo aceleradamente por la incorporación a nuestras vidas de unas tecnologías muy disruptivas y porque la crisis de la pandemia obliga a reconsiderar un nuevo equilibrio entre las naciones en el escenario de un mundo que debería racionalizar la globalización; además de las finanzas y el comercio urge globalizar la riqueza.

Una remodelada ONU debe sustituir a la actual que reemplazó a su vez a la Sociedad de Naciones tras el final de la II Guerra Mundial. Si bien los números de fallecidos en la actual pandemia distan de los de dicha contienda, si relativizamos cronológicamente los escenarios científicos y médicos, la distancia tampoco es tan grande e, incluso, en el caso de  EE.UU. ya han fallecido más personas de las que lo hicieron en la IIGM. Todo ello sin contabilizar las muertes que se han producido por otras epidemias desde la segunda mitad del pasado siglo.

El planeta y la especie humana no se pueden permitir nuevas improvisaciones para enfrentarse a otras pandemias y a la emergencia climática; para ello ha de cambiar radicalmente la jerarquía de los valores que hasta hoy han venido rigiendo la organización de nuestras sociedades desde hace dos siglos. 

Sin salud, no habrá desarrollo económico, ni estado de bienestar, y sin una democracia acomodada a los tiempos, el futuro podría ser muy oscuro para la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo, e incluso para la totalidad de la humanidad. La pandemia nos está demostrando que la actual democracia se queda corta para ofrecer soluciones en momentos de crisis. 

No habrá sociedad decente si no se incorporan el pensamiento decente y la solidaridad en igualdad de condiciones a los pilares de libertad, justicia y equidad que enmarcan una democracia plena. Deberían ser nuevos valores no coercitivos pero que estuvieran presentes explícitamente en las cartas magnas de todos los países, superando así el colectivismo izquierdista y el individualismo neoliberal.

Lo que define en esencia un pensamiento decente (digno, honesto, justo, de calidad) es la ausencia de toxicidades interesadas por parte de personas o grupos de poder, respetando la diversidad en todos los campos y facetas de la vida, y estableciendo como objetivo prioritario para los humanos el desarrollo de sus potencialidades cognitivas, sin que nadie monopolice una determinada hoja de ruta para alcanzarlo.

La solidaridad se tendría que convertir en el primer deber colectivo de una sociedad correctamente organizada, ya que además de servir de mutuo apoyo entre sus componentes en momentos decisivos, representa un potencial mucho mayor para conseguir objetivos de los colectivos que la mera integración de grupos de personas.

La sociedad que surja tras la pandemia será muy probablemente diferente en esencia a la anterior, por mucho que haya grandes resistencias por parte de aquellos que quieran seguir conservando sus cuotas de poder fáctico. Ni siquiera el escenario para las Big Tech debería ser el mismo que antes, ni tampoco como el que están disfrutando ahora en plena pandemia. Se demostrará que no todo está perdido de cara a un diálogo fructífero entre la ciencia y la cultura, que incluiría una apuesta decidida por un humanismo tecnológico, y que los cisnes negros podrían ser los grandes vencedores tras la crisis provocada por la pandemia, pudiendo llegar a ser los que marquen la pauta a los demás para armar una nueva organización de la sociedad.

Una de las fuentes indirectas de los males de la sociedad preCOVID ha sido, y sigue siendo, el cortoplacismo, conviviendo con la ausencia de planificación a medio y largo plazos, dejando aparcado el apoyo a la ciencia que suele trabajar a medio y largo plazos y es la que tiene todas las claves para nuestra supervivencia como especie. La ciencia necesita desarrollar sus investigaciones en un contexto al margen de las tensiones propias del cortoplacismo.

Una prueba del pensamiento no decente (indecoroso, indigno, injusto, deshonesto) predominante en la sociedad preCOVID sigue siendo la insuficiente apuesta de los dirigentes de los países y de las instituciones supranacionales, así como de las grandes empresas farmacéuticas y de los centros de investigación, para encontrar una solución a otra pandemia que no afectaba a la totalidad de la población mundial, sino fundamentalmente a dos targets considerados políticamente incorrectos y a otro muy minoritario: el SIDA, por no hablar de la mayor pandemia, la del hambre, ante la que los “países buenos” seguimos callando nuestras conciencias con la caridad, a la vez que rechazamos inmoralmente a las personas que huyen de la hambruna y de la violencia. Ambas indecencias han costado muchos millones de vidas humanas, muchas más que la COVID-19 hasta ahora y sin embargo para ésta ya hay no una solución en forma de vacuna, sino un ramillete de ellas con eficacia y seguridad elevadas.

El pensamiento decente y la solidaridad en el marco de la globalización a escala mundial, requiere también la globalización de la riqueza, tal como ya he comentado, pero para ello es necesario cambiar el escenario binario propio del capitalismo tradicional y adentrarnos en otro cuántico en el que no sea imprescindible que la riqueza de unos dependa de la explotación de otros, tanto a escala de unidades de producción básica, como entre países del planeta. La pandemia nos está dando una lección para hacernos ver por dónde debería ir un futuro viable para la especie humana: o nos salvamos todos mediante una inmunización colectiva de los más 7.000 millones de personas que hoy habitamos el planeta, o acabaremos desapareciendo como civilización más pronto que tarde en alguna de las próximas pandemias que están a la vuelta de la esquina o en la acuciante emergencia climática que la ceguera del poder no afronta de acuerdo con la preocupante realidad a la que nos enfrentamos.

El proyecto yKratos va a participar activamente en ese cambio alterando sensiblemente la acción política, mediante la incorporación del diálogo directo y permanente entre los ciudadanos y sus representantes políticos para coadyuvar a construir una sociedad decente y solidaria, además de justa y equitativa, e integrada por hombres y mujeres libres y capacitados. 

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos Enero 2021

La gran trampa.

La gran trampa de la polarización

Con la dialéctica, siempre amanecerá un bienestar generalizado; con la polarización, se comienza a escribir la crónica de una miseria anunciada.

La polarización de la política es la gran trampa de los populismos, de uno u otro signo. El pivote virtual en torno al cual giraba la política democrática hasta hace relativamente pocos años, está siendo arrumbado por dicha trampa en la que los partidos de centro derecha y centro izquierda están cayendo también, a pesar de que a medio plazo la polarización jugará claramente en contra de su propia razón de ser. La zona de confort de los populismos es siempre la polarización de la sociedad y la corta distancia a los conflictos sociales.

Todos los populismos parten de una falaz, aunque no precisamente novedosa, premisa,: la muerte de las ideologías. La división de la sociedad entre izquierdas y derechas habría llegado a su fin y a partir de ahora nos moveríamos en un escenario polarizado entre los que están arriba, los que acumulan en sus manos gran parte de la riqueza de las sociedades, y los de abajo, los que encuentran dificultades para afrontar sus necesidades vitales a corto plazo. El centro, como espacio de encuentro de la equidad, se habría desvanecido según los populistas y la confrontación radical obligaría a los ciudadanos a elegir bando: o conmigo, o contra mí.

Los populismos rechazan que la democracia sea aún hoy el mejor sistema conocido para la organización de la sociedad y plantean de hecho alternativas autocráticas y totalitarias  como condición necesaria para implementar sus programas. El caudillaje político es otro elemento común a todos ellos. El terconacionalismo y su oposición a la globalización, forman parte de sus aspiraciones, también para los de izquierda que rompen así con la tradición internacionalista propia de la historia de los movimientos progresistas.

El uso intensivo y el abuso sin límites de las nuevas tecnologías de la comunicación es moneda común entre los populistas. Con esta herramienta han venido a paliar sobradamente la escasez cuantitativa de sus bases reales mediante la creación de ejércitos de unos hooligans virtuales en las redes sociales, los trolls.

Al igual que los fascistas de antaño, los populistas buscan acceder al poder mediante alianzas fatídicas con partidos democráticos, o mediante elecciones en las que triunfan los mensajes cargados de posverdades y de interpretaciones alternativas de la realidad. Una vez alcanzado, son reticentes a salir de él de manera democrática, la alternancia queda fuera de sus perspectivas, tal como está ocurriendo en estos momentos en los EE.UU. con Donald Trump.

Los populistas hoy no suelen renegar formalmente del sistema democrático e, incluso, hacen gala ante los electores de purismo democrático, pero su intolerancia y la falta de conteción institucional los delata, por no hablar de la violencia verbal, moneda común hacia los demás, y de las agresiones físicas a inmigrantes y homosexuales por parte de algunos de los miembros más activos de los grupos paleoconservadores.

Las políticas identitarias y las reacciones pendulares contraidentitarias, forman parte esencial del tablero de juego de los populismos y su escenario arriba y abajo, al margen de la real política de defensa de los intereses de los ciudadanos. Las migraciones, la igualdad de géneros y los derechos de los homosexuales se han constituido en campos de batalla en paralelo a la organización global de la sociedad, arrastrando a los partidos democráticos a debates que aparcan los contextos socioeconómicos en los que se producen los principales problemas identitarios.

Las brechas de riqueza han ido creciendo aceleradamente a lo largo de la última década, sin que las organizaciones políticas democráticas hayan implementado medidas eficaces para contrarrestar esta realidad incorporándola a sus programas como una de sus prioridades. Como consecuencia de ello, la demagogia populista está ganando la batalla en determinados países, tal como ocurrió en EE.UU. en 2016.

La caridad, gestionada por las jerarquías eclesiásticas, el instrumento que históricamente han utilizado los países occidentales para paliar los problemas económicos de los marginados, está agotada en su razón de ser y la sociedad exige que se practique la solidaridad como un formato más justo y equitatitvo de la sociedad civil para equilibrar los desajustes económicos que inexorablemente provoca el sistema capitalista. Para la mayoría de los movimientos populistas, la solidaridad no es un valor universal, sino que lo utilizan de manera sectaria para incrementar el ejército de sus adeptos.

La ciencia al estar demostrando con la actual pandemia que es la única que nos puede salvar de desastres generalizados, podría estar cambiando la mentalidad de muchas personas que hasta ahora confiaban más en sus mitos, lo que se traduciría, probablemente, en una mayor exigencia de eficacia y eficiencia a los gestores políticos designados por ellas. Esto plantea un nuevo reto para los partidos democráticos que deben afrontar con plena lucidez y liderazgos garantes de la eficacia de sus gestiones,  marginar a los caudillos salvapatrias que están resurgiendo en el mundo occidental. 

La alianza contra natura entre los nacionalpopulismos y el poder tecnológico debería constituir un objetivo urgente a neutralizar por parte de los partidos democráticos. Cuanto más polarizada se encuentre la sociedad, mayor probabilidad de éxito tendrán las ofertas populistas a corto plazo y el monopolio del poder sociopolítico, además del económico, por parte de las grandes tecnológicas a medio y largo plazos.

El gran reto de la democracia sería establecer unas reglas de juego que impida el monopolio del poder en manos de las Big Tech, pero sin dejar de aprovechar en beneficio de la sociedad sus conocimientos, ni impedir que continúen investigando e inmovando, con sus márgenes económicos y beneficios que les correspondiera por ello.

El proyecto, yKratos, estará en todo momento al servicio de la democracia, como una herramienta que es para coadyuvar positivamente a su actualización y su apalancamiento. La plataforma servirá para ofrecer un escenario que impulse el diálogo, de manera que la polarización deje de ser una opción a contemplar por la mayoría de los electores al encontrarse mucho mejor informados y en contacto directo y permanente con sus representantes políticos electos, directa o indirectamente, para su participación  en las decisiones que adopten las instituciones.

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER CEO yKratos Enero 2021

Por una sociedad sostenible y ‘slow value’

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos

Publicado en los medios del Grupo Joly en Andalucía 10.07.2020

FACEBOOK  TWITTER  WHATSAPP  Comentarios 110 Julio, 2020 – 02:31h

Por una sociedad sostenible y 'slow value'
Por una sociedad sostenible y ‘slow value’ /ROSELL

Los debates nacionales y supranacionales sobre la futura sociedad postCovid no pueden sostenerse en plataformas tecnológicas asaltables, cuyos titulares sólo están interesados en ampliar el número de sus miembros para explotar sus datos, ya que la clave de su modelo de negocio no está tanto en sus clientes como en sus usuarios. En el caso de España, es imprescindible cualificar el diálogo social y político entre los ciudadanos y sus representantes en las instituciones legislativas y ejecutivas, tanto a escala local -concejales electos y alcaldes designados-, como provincial -diputados designados-, como autonómica -diputados electos y responsables designados del Ejecutivo-, como nacional -diputados al Congreso electos y senadores electos y designados, y miembros del Ejecutivo naciomal designados- y eurodiputados electos. Esto sólo será posible mediante redes singulares dedicadas exclusivamente a la comunicación directa y permanente entre representantes y representados, lo cual estaría hoy al alcance de nuestras manos, siempre que se garantizara la independencia y la neutralidad de las mismas.

En buena medida, de dicho diálogo sosegado deberían salir no pocas de las ideas sobre las que construir, apuntalar y perfeccionar un nuevo sistema sociopolítico para la organización de una sociedad que nos ofrezca la posibilidad de poder disfrutar de un futuro sostenible en todas sus dimensiones, en un escenario globalizado e intensamente tecnificado, que se enfrente al reto de romper de una vez por todas con la maldición del trabajo como un castigo divino, en el que desarrollar nuestro potencial como seres con capacidad de raciocinio.

Esta nueva sociedad ha de ser el fruto de una catarsis ciudadana que nos permitiera tomar conciencia de nuestra fragilidad como animales evolucionados que somos gracias al azar y a nuestro instinto de supervivencia, a la que uno de los muchos microorganismos diminutos e invisibles que conviven con nosotros mediante el «uso parasitario» de nuestro organismo, necesita nuestras células para sobrevivir, está poniendo en jaque nuestra propia viabilidad como especie. No deberíamos volver a encontrarnos corriendo detrás de los acontecimientos para tan sólo poder ofrecer soluciones a corto plazo ya practicadas en la Edad Media, tal como está ocurriendo en todos los países del mundo en este momento. 

Es clave afrontar el mañana como una verdadera revolución, y no sólo apostar por una mera restauración de la sociedad preCovid, ya que por el contrario cerraríamos la crisis en falso y correríamos el peligro de la desaparición de la humanidad cuando a la vuelta de la esquina nos enfrentáramos a alguno de los próximos retos planetarios: nuevas y muy nocivas pandemias y lo que que podría ser el último desafío, una emergencia climática acelerada por el derroche y el maltrato de los humanos al único ecosistema que, hoy por hoy, nos permite disfrutar de un elan vital. No olvidemos que los eventos de alto impacto y baja probabilidad también forman parte de la realidad.

No comparto algunas opiniones que afirman que la sociedad post-Covid será low cost; más bien creo que, además de sostenible -o sea, basada en un equilibrio general entre la especie humana y la técnica con la naturaleza–, será una sociedad slow value, más allá de una mera sociedad del valor, cimentada a partir de la dialéctica sosegada y la reflexión ética, construida sobre el pilar del avance de las potencialidades cognitivas del ser humano, en la que disfrutaremos más y mejor de los bienes materiales y, sobre todo, gozaremos de un notorio desarrollo de nuestras aptitudes.

Por otra parte, una gobernanza mundial que se fijara como objetivo alcanzar un humanismo tecnológico que pusiera en todo momento la técnica al servicio del hombre y nos evitara la tentación de alterar el proceso evolutivo del ser humano, sobre la base de una libertaria decisión política a la hora de introducir modificaciones tecnológicas en nuestro código genético, es ahora más imprescindible que nunca.

Uno de los objetivos de la sociedad postCovid debería ser el alumbramiento de un nuevo orden económico mundial en el que la actividad empresarial dejara de ser binaria, basada casi exclusivamente en la oferta y la demanda, pasando a ser mucho más compleja, más allá de la mera producción y venta de bienes y servicios, por una parte, y el consumo de los mismos, por otra, con profundas y variadas interacciones en ambas direcciones, dando un mayor peso específico a su valor de uso que hasta ahora, asi como la presencia y participación más activa de un neocapital social cualificado en las decisiones y los resultados empresariales. 

Finalmente, apuntar que el Homo sapiens está llamado, más pronto que tarde, a transformarse en un Homo tecnologicus. Pero, para este último, la técnica tendría que ser un instrumento esencial para el avance de la sociedad y no un fin en sí misma, que permitiera la materialización de la utopía de convertirnos en seres más inteligentes y más libres a la vez y con voluntad firme de neutralizar el peligro que representa la emergencia de un dios algorítmico que nos condujera por la senda del transhumanismo.

Ni fake news, ni verdad oficial

Es un craso error político combatir a las fake news con verdades oficiales amparándose en la lucha contra la desinformación. En 2015, una parte del equipo de Manuela Carmena en el Ayuntamiento de Madrid ya intentó poner en marcha lo que en la práctica podría haber acabado siendo un “ministerio de la verdad”, o incluso “de la propaganda”, también con la justificación de llevar a cabo un control oficial de los bulos y las fake news. Aquella propuesta nació muerta porque la propia alcaldesa supo ver que la iniciativa chocaba de frente con los principios esenciales de una democracia liberal representativa. El poder ejecutivo de una institución pública no debe convertirse en juez y parte a la vez, dictaminando sobre lo que es una verdad verdadera y lo que sería un hecho alternativo.

Las fake news practican el pishing emocional, cual flautista de Hamelín, para pescar entre la mayoría silenciosa de la ciudadanía, ya que los hooligans no son propensos a cambiar de opinión y los que racionalizan sus opciones electorales no las construyen a partir de ellas, ni tampoco de la  verdad oficial.

Intentar neutralizar a las fake news mediante verdades oficiales emitidas desde una spin off del poder ejecutivo, las eleva en la práctica a la categoría de hechos alternativos, y dada la reserva de los ciudadanos a reconocer verdades oficiales, éstas generan estímulos emocionales adicionales que les ofrecen un plus de credibilidad. 

Nadie duda de que las fake news se han convertido en un peligro no menor que socava los pilares mismos de una democracia, pero dejar sustancialmente en manos del área de comunicación de un ejecutivo público la solución sería como poner a la zorra a cuidar de las gallinas. En todo caso, debería ser el core de la política, el legislativo, el que ofreciera la mejor solución viable, nunca demediando los principios democráticos. Para neutralizar las campañas de desinformación procedentes del exterior, debería bastar y sobrar con el CNI, Centro Nacional de Inteligencia, un organismo que, al menos en teoría, atiende a razones profesionales y no de índole político.

En el caso de los medios de comunicación, fuera cual fuera su línea editorial, la solución podría consistir en un obligado autocontrol de los mismos, a partir de un código deontológico ad hoc que limitara al máximo posible la publicación de noticias no suficientemente contrastadas.

En el paradigma de un mundo tecnologizado más allá de la mera digitalización, es inaplazable la actualización y el perfeccionamiento de la propia configuración de la acción política democrática. Esto implica sacar de hecho de las redes sociales generalistas la intercomunicación entre los ciudadanos y sus representantes políticos electos, o designados a través de estos, en las instituciones públicas, ya que las actuales redes son asaltables, troleables, susceptibles de ser usadas por robots, carecen de control permanente de fake news, no discriminan por circunscripciones electorales, etc. 

Para ello, es imprescindible disponer de una plataforma específica para la comunicación directa y permanente entre los ciudadanos y sus concejales, alcaldes, diputados autonómicos y nacionales, senadores, europarlamentarios, consejeros y presidentes autonómicos, ministros y presidente del gobierno, autonómicos expulsando así a los intermediarios que suelen ser el origen de la mayoría de las fake news.

Una nueva generación de plataformas avanzadas y dedicadas, con formatos de comunicación diversos que atraigan también la participación de las nuevas generaciones, tales como el de la gamificación, daría plena satisfacción a la demanda ciudadana de poder acceder a sus representantes a lo largo de los periodos interelectorales y acabaría de raíz con el problema de las desinformaciones. Los datos volcados en dichas plataformas, deberían ser propiedad de los usuarios, tratados siempre de forma anónima y nunca monetizados por ninguna de las partes. Estaríamos entonces ante una estrategia esencialmente democrática para abordar el problema de las fake news, generando de hecho una inmunidad colectiva al eliminar los vectores a través los cuales se propaga ese virus.

Esperar que las redes sociales generalistas ofrezcan una solución estructural al tema de las fake news, lo sería en vano dado que eso iría en contra de su propio modelo de negocio, basado en la acumulación gratuita de datos y en su venta a terceros, así como en la intervención sobre la libre voluntad de los usuarios para moldear sus decisiones a partir de algoritmos predictivos.

España podría ser pionera en el mundo ya que, desde Andalucía, yKratos es una plataforma tecnológica dedicada que responde al perfil requerido, anteponiendo las personas a los algoritmos, garantizando la portabilidad de la comunicación y el debate político entre los ciudadanos y sus representantes políticos desde las actuales redes sociales generalistas, con promotores independientes y una proyección internacional del modelo hacia otros países democráticos.

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos

La tecnología como ventana de oportunidad para una cultura política cívica

Los esfuerzos académicos para dar con la “receta mágica” de la estabilidad de los sistemas políticos se vinculan especialmente a los inicios de la ciencia política como disciplina autónoma, independiente del derecho, de la sociología o de la economía. Durante los años siguientes a la segunda guerra mundial, observadores e intelectuales dieron por hecho que la existencia de elecciones era un elemento institucional suficiente para reconocer sistemas con buena salud democrática y verificar la democratización plena. Sin embargo, los desarrollos políticos de las décadas posteriores plantearon serias debilidades a esos presupuestos.

En los años 70 hubo ya autores que señalaban aspectos menos tangibles y más largoplacistas en esencia, que eran decididamente necesarios para garantizar procesos políticos democráticos completos y empáticos. Gabriel Almond y Sidney Verba apuntaron a los aspectos culturales (afines) como la dimensión sin la cual un país no podría mantener su sistema político en unos parámetros de moderación y equilibrio. Ellos sostenían como argumento principal la importancia de la promoción de una cultura política cívica para apuntalar de forma efectiva los principios de una democracia participativa, comprometida y cívicamente responsable. Acompañada de otros elementos necesarios, la consecución de este tipo de cultura política supone un aval de permanencia de los sistemas políticos democráticos. 

Desde aquel momento, los contextos políticos han evolucionado paralelos a cierta inercia, si bien ese tránsito se ha producido con algunas esperas como consecuencia de desenlaces internacionales relevantes como, por ejemplo, la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo, desde hace algo más de una década, hemos podido atestiguar eventos determinantes que han introducido predictores que, si bien podrían permanecer de alguna forma latentes, han brotado contundentemente transformando rutinas políticas ya consolidadas. La crisis financiera y de representación política de 2008, así como la reciente crisis sanitaria y sus efectos que aún están por definir, han cambiado el mundo tal y como lo conocíamos, generando una conmoción casi obscena en otros ámbitos como el político, económico y social.

En esta coyuntura, la política adquiere una relevancia especialmente concluyente y tantea una serie de peligros y retos que han de incluirse en una discusión a nivel macro sobre la calidad de los sistemas políticos representativos.

La iniciativa propuesta por yKratos surge probablemente en el momento más adecuado, en un contexto de preocupación y necesidad, donde los posibles encajes y los retos más acuciantes precisan de una respuesta sin mayor demora. yKratos contempla determinadas cuestiones recientes cuyo abordaje se torna urgente en un futuro inmediato y sumamente incierto. La relativa indefensión de los ciudadanos ante los peligros provocados por el surgimiento del populismo autoritario, la saturación del ambiente mediático de información falsa y malintencionada, la desconexión de la élite política con los intereses reales de los ciudadanos, o la impunidad de excesos del poder político, son dinámicas a las que se aproxima planteando un sistema de comunicación entre representantes y representados adoptado de forma reticular.

El momento de oportunidad tecnológica y política es insoslayable. El espacio abierto para que los ciudadanos se enganchen a la cosa pública tiene un potencial enorme para generar sistemas políticos más inclusivos, más receptivos, más deliberativos y más participativos,

solventando de ese modo sus carencias más visibles. Algunas dimensiones pendientes como la transparencia, la apertura de las instituciones, los obstáculos para la implicación ciudadana en los procesos de adopción de decisiones colectivas, podrían verse atendidas de forma definitiva acelerando la pluralidad, el accountability, la información de calidad y la promoción de canales de transmisión permanentes para mejorar la receptividad y la capacidad de respuesta.

Finalmente, puede darse un considerable paso adelante para cristalizar una esfera pública ampliada y empoderada, reducir los costes de la acción ciudadana, participar responsablemente en la toma de decisiones, apoyar la promoción de iniciativas, y fomentar la supervisión social. Asimismo, yKratos puede ofrecer un formato que resuelva los problemas tradicionales de las redes sociales apuntalando la idea de inteligencia colectiva, y limitando el excesivo anonimato detrás del cual se pueden esconder actitudes reprobables, agresivas e irrespetuosas, o los costos de suscripción que pudieran contribuir a ahondar en la fractura digital. 

Quizá es ahora el momento en el que concurren las circunstancias políticas y tecnológicas oportunas para la consecución de una cultura política cívica efectiva que resuelva finalmente las carencias democráticas de los sistemas políticos de nuestro entorno.

Diciembre 2020

Óscar García Luengo
Profesor Titular de Ciencia Política UGR
Director Escuela Iberoamericana de Altos Estudios en Gobierno Local UIM
Miembro del equipo de yKratos

Humanismo Tecnológico Sostenible. Proyecto yKratos

Sin democracia plena y un diálogo directo y permanente entre la ciudadanía y los elegidos por ella como sus representantes políticos, nunca alcanzaremos una sociedad construida sobre el lecho de un humanismo tecnológico sostenible, lo que va mucho más allá de un mero humanismo digital. Entendamos por humanismo tecnológico sostenible el que sea capaz de evitar la llegada de la transcendencia.

La realidad hoy es alto compleja ya que conviven seis generaciones diferentes como interfaz humano con la tecnología: generación T, la de aquellos que hoy tienen menos de diez años de edad, Centennial, entre 10 y 25 años, Millennial, hasta los 35 años, generación X, hasta los 50 años, FaB, hasta los 70 años y del Silencio Digital, a partir de esa edad. Evidentemente, estos targets cronológicos son aproximados y fruto de un consenso susceptible de alteración.

La política y sus actores son el reflejo de la insoportable levedad de la actual sociedad occidental, no al revés. Tarde o temprano, la obsolescencia acaba llegando a todas las actividades humanas; el modelo de organización de una sociedad, no iba a quedar exento de un desgaste y un desfase en su modo de hacer en el contexto de la realidad socioeconómica de su entorno. 

A pesar del evidente deterioro generalizado de la clase política en la inmensa mayoría de los países occidentales, la política sigue siendo una actividad imprescindible para organizar la sociedad ya que sin ella volveríamos a la selva. El desideratum neoliberal de su desaparición se muestra totalmente inconsistente cuando llegan momentos clave para el presente y el futuro de nuestra civilización, tales como el de la pandemia que hoy padecemos. Los libertarios barrocos, como los califica Franco Berardi, son los primeros en acudir a las instituciones públicas en busca de amparo económico. Si no fuera por la política, el ocaso de la humanidad podría estar a la vuelta de la esquina, sea por las pandemias, o por el cambio climático en ciernes o por una transhumanización fruto de la singularidad.

El mensaje que los dirigentes de dichos países están transmitiendo hoy a sus ciudadanos está viciado desde su base, ya que no asumen que el sistema democrático esté haciendo aguas ante la profunda y dilatada crisis sanitaria, mientras que con un similar modelo económico de perfil capitalista, o de la maximización del crecimiento, otros regímenes no democráticos, o con democracias precarias, están siendo mucho más eficaces, al menos hasta ahora, en la lucha contra la pandemia. 

El economicismo que hoy todo lo mueve y todo lo puede, es el máximo responsable de que ante la crónica anunciada por los científicos de la llegada de una pandemia, no sólo no nos preparáramos para afrontarla con las debidas infraestructuras y materiales básicos, sino que hasta las propias medidas a adoptar no han evolucionsdo a lo largo de un siglo y, mientras tanto, presumimos de ser la sociedad más avanzada científicamente de la historia.

Las tentaciones totalitarias, aprovechando la crisis política consecuencia de la sanitaria, están presentes en la mayoría de las democracias occidentales, sin distinción por el perfil ideológico de los partidos en el poder durante la actual coyuntura. No obstante, la partida no ha hecho más que empezar. Uno de los principales jugadores, EE.UU., podría recomponer la situación tras el resultado de las elecciones presidenciales en dicho país, volviéndose a convertir en el adalid de un multilateralismo que diera lugar a una negociación menos tensionada y más equilibrada con el creciente imperio chimo. 

Suponiendo que las vacunas anunciadas sean eficaces y seguras, aunque comenzaran a aplicarse de manera inmediata, por razones de diversa índole, la inmunización colectiva a escala mundial no se alcanzaría hasta transcurrido un mínimo de dos años. En este periodo tan amplio, el sistema democrático va a afrontar su ser o no ser de cara al futuro. Tal como estamos viviendo la pandemia hasta ahora, nadie debería hacerse trampas al solitario creyendo que nuestra democracia está siendo eficaz ante una situación de grave crisis sanitaria y económica a escala planetaria. Es más, el hecho de que casi la mitad de la población de los países occidentales cuestionen la vacunación universal, va a someter a las democracias a una nueva prueba de estrés que va a ser más duradera en el tiempo que la padecida como consecuencia de las erráticas decisiones adoptadas hasta ahora para restringir las libertades mediante confinamientos territoriales y domiciliarios, y los cierres de todas las actividades económicas no consideradas como indispensables. 

Mientras la vacunación no cubra al menos entre el 60 y el 70% de la población mundial que permitiera alcanzar la inmunidad colectiva, la amenaza de las restricciones estará siempre presente y esto podría provocar un calentamiento social que beneficiaría a los partidarios de los regímenes iliberales de uno u otro signo. O se refuerza la democracia actualizándola a la realidad socioeconómica del siglo, o su futuro es más que cuestionable. Negar esta hipótesis no haría más que facilitar la hoja de ruta en la que la libertad individual se vería francamente mermada, y la almoneda de los valores propios de toda democracia no demediada como la justicia, la equidad y la solidaridad, darían paso a nuevas alianzas fatídicas entre los partidarios de una gobernanza autocrática y el gran poder tecnológico que darían lugar a una nueva configuración de la sociedad con un elevado peso ponderado de los ciberesclavos.

Al igual que un gran número de científicos de todo el planeta se ha puesto a investigar y trabajar a la vez para paliar y solucionar la grave crisis sanitaria a la que nos hemos visto abocados por la pandemia provocada por un coronavirus, es urgente que intelectuales y pensadores de todo el mundo pongan en marcha un movimiento de Ilustración que nos permita alumbrar un nuevo Siglo de las Luces y la Tecnología. El encuentro entre la cultura y la ciencia debería ser el germen para la generación de un nuevo paradigma de sociedad basado en un humanismo tecnológico sostenible que haga que el control de la gobernanza mundial no quede en manos de un pacto entre el capitalismo de vigilancia y unas superestructuras institucionales populistas de perfil libertario.

El proyecto yKratos, al crear la herramienta idónea para el diálogo directo y permanente entre los ciudadanos y los responsables políticos elegidos por ellos, en las urnas o indirectamente, va a tener un efecto tractor de inestimable valor de cara a la implementación  práctica de esa nueva gobernanza fundamentada en un nuevo ecosistema de humanismo tecnológico sostenible,. Ese diálogo debe abordar los grandes retos a los que ha de enfrentarse nuestra sociedad tras la pandemia que, muy probablemente, serán diferentes a los de hace tan sólo diez meses.

Diciembre 2020

EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos