Por una sociedad decente y solidaria

Una gobernanza mundial con nuevas, o reseteadas, instituciones transnacionales debería ser la gran decisión a adoptar en alguna de las próximas Asambleas Generales de la ONU. Tanto este organismo, como la mayoría de sus instituciones, han quedado en buena medida obsoletos porque el mundo ha cambiado mucho desde la creación de las mismas y va a seguir haciéndolo aceleradamente por la incorporación a nuestras vidas de unas tecnologías muy disruptivas y porque la crisis de la pandemia obliga a reconsiderar un nuevo equilibrio entre las naciones en el escenario de un mundo que debería racionalizar la globalización; además de las finanzas y el comercio urge globalizar la riqueza.
Una remodelada ONU debe sustituir a la actual que reemplazó a su vez a la Sociedad de Naciones tras el final de la II Guerra Mundial. Si bien los números de fallecidos en la actual pandemia distan de los de dicha contienda, si relativizamos cronológicamente los escenarios científicos y médicos, la distancia tampoco es tan grande e, incluso, en el caso de EE.UU. ya han fallecido más personas de las que lo hicieron en la IIGM. Todo ello sin contabilizar las muertes que se han producido por otras epidemias desde la segunda mitad del pasado siglo.
El planeta y la especie humana no se pueden permitir nuevas improvisaciones para enfrentarse a otras pandemias y a la emergencia climática; para ello ha de cambiar radicalmente la jerarquía de los valores que hasta hoy han venido rigiendo la organización de nuestras sociedades desde hace dos siglos.
Sin salud, no habrá desarrollo económico, ni estado de bienestar, y sin una democracia acomodada a los tiempos, el futuro podría ser muy oscuro para la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo, e incluso para la totalidad de la humanidad. La pandemia nos está demostrando que la actual democracia se queda corta para ofrecer soluciones en momentos de crisis.
No habrá sociedad decente si no se incorporan el pensamiento decente y la solidaridad en igualdad de condiciones a los pilares de libertad, justicia y equidad que enmarcan una democracia plena. Deberían ser nuevos valores no coercitivos pero que estuvieran presentes explícitamente en las cartas magnas de todos los países, superando así el colectivismo izquierdista y el individualismo neoliberal.
Lo que define en esencia un pensamiento decente (digno, honesto, justo, de calidad) es la ausencia de toxicidades interesadas por parte de personas o grupos de poder, respetando la diversidad en todos los campos y facetas de la vida, y estableciendo como objetivo prioritario para los humanos el desarrollo de sus potencialidades cognitivas, sin que nadie monopolice una determinada hoja de ruta para alcanzarlo.
La solidaridad se tendría que convertir en el primer deber colectivo de una sociedad correctamente organizada, ya que además de servir de mutuo apoyo entre sus componentes en momentos decisivos, representa un potencial mucho mayor para conseguir objetivos de los colectivos que la mera integración de grupos de personas.
La sociedad que surja tras la pandemia será muy probablemente diferente en esencia a la anterior, por mucho que haya grandes resistencias por parte de aquellos que quieran seguir conservando sus cuotas de poder fáctico. Ni siquiera el escenario para las Big Tech debería ser el mismo que antes, ni tampoco como el que están disfrutando ahora en plena pandemia. Se demostrará que no todo está perdido de cara a un diálogo fructífero entre la ciencia y la cultura, que incluiría una apuesta decidida por un humanismo tecnológico, y que los cisnes negros podrían ser los grandes vencedores tras la crisis provocada por la pandemia, pudiendo llegar a ser los que marquen la pauta a los demás para armar una nueva organización de la sociedad.
Una de las fuentes indirectas de los males de la sociedad preCOVID ha sido, y sigue siendo, el cortoplacismo, conviviendo con la ausencia de planificación a medio y largo plazos, dejando aparcado el apoyo a la ciencia que suele trabajar a medio y largo plazos y es la que tiene todas las claves para nuestra supervivencia como especie. La ciencia necesita desarrollar sus investigaciones en un contexto al margen de las tensiones propias del cortoplacismo.
Una prueba del pensamiento no decente (indecoroso, indigno, injusto, deshonesto) predominante en la sociedad preCOVID sigue siendo la insuficiente apuesta de los dirigentes de los países y de las instituciones supranacionales, así como de las grandes empresas farmacéuticas y de los centros de investigación, para encontrar una solución a otra pandemia que no afectaba a la totalidad de la población mundial, sino fundamentalmente a dos targets considerados políticamente incorrectos y a otro muy minoritario: el SIDA, por no hablar de la mayor pandemia, la del hambre, ante la que los “países buenos” seguimos callando nuestras conciencias con la caridad, a la vez que rechazamos inmoralmente a las personas que huyen de la hambruna y de la violencia. Ambas indecencias han costado muchos millones de vidas humanas, muchas más que la COVID-19 hasta ahora y sin embargo para ésta ya hay no una solución en forma de vacuna, sino un ramillete de ellas con eficacia y seguridad elevadas.
El pensamiento decente y la solidaridad en el marco de la globalización a escala mundial, requiere también la globalización de la riqueza, tal como ya he comentado, pero para ello es necesario cambiar el escenario binario propio del capitalismo tradicional y adentrarnos en otro cuántico en el que no sea imprescindible que la riqueza de unos dependa de la explotación de otros, tanto a escala de unidades de producción básica, como entre países del planeta. La pandemia nos está dando una lección para hacernos ver por dónde debería ir un futuro viable para la especie humana: o nos salvamos todos mediante una inmunización colectiva de los más 7.000 millones de personas que hoy habitamos el planeta, o acabaremos desapareciendo como civilización más pronto que tarde en alguna de las próximas pandemias que están a la vuelta de la esquina o en la acuciante emergencia climática que la ceguera del poder no afronta de acuerdo con la preocupante realidad a la que nos enfrentamos.
El proyecto yKratos va a participar activamente en ese cambio alterando sensiblemente la acción política, mediante la incorporación del diálogo directo y permanente entre los ciudadanos y sus representantes políticos para coadyuvar a construir una sociedad decente y solidaria, además de justa y equitativa, e integrada por hombres y mujeres libres y capacitados.
EMILIO A. DÍAZ BERENGUER
CEO yKratos Enero 2021


